lunes, 16 de enero de 2012
Unos barrotes oxidados resultan la barrera y al mismo tiempo la vía de escape que me permite ver cómo se llevan a mi madre. Intenta resistirse, clava sus pies en el suelo, aprieta los dientes con fuerza e intenta propinar un empujón, pero aún lejos de conseguirlo, la golpean con fuerza en la cabeza. Me mira de lejos, en ese estado de aturdimiento con el que solo ve mi silueta, tambaleándose. Me mira con esos ojos, aquellos que siempre me han dicho: "todo saldrá bien". Pero hoy es distinto, hoy sé que está mintiendo. Sus ojos están llenos de dolor. Tan solo se derraman las gotas de la sangre que cae por sus heridas y sus facciones han perdido toda expresión. Ya no me mira, ha perdido el conocimiento. Empiezan a quitarle la ropa, y ahora soy yo el que no puede mirar. Cierro los ojos escondiéndome entre el pequeño hueco que queda entre mis manos. Lloro. Lloro como si fuera a servir de algo aún sabiendo que no lo hará. Mi piel vibra y entra en deseos de salir de aquí, pero sin embargo, mis labios permanecen callados, intentando no sollozar demasiado. Ya que está visto que hasta el más silencioso de los ruidos, puede acabar en un grito más fuerte.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario