miércoles, 18 de enero de 2012

Recuerdos intrusos

Escrito el 2-5-10:

Oigo como la última gota cae, haciendo compañía al resto que había formado una cantidad considerable de agua. La bañera estaba lista, el vapor empezaba a empañar el cristal del espejo.
Me toco la cabeza, aún tengo el pelo empapado. La tormenta de esta tarde no ha sido normal. Y no es que me disguste, por lo general me gustan los truenos y ver como las gotas chocan contra el asfalto. Pero hoy es uno de esos días en que prefería verlo desde casa.
Meto el segundo pie, y ya estoy dentro. La bañera se encuentra plena, el agua roza los bordes queriendo escapar pero sin llegar a hacerlo. Pondría música pero ahora, no quiero escuchar otro sonido que no sea la voz de mi pensamiento. Hacía meses que me estaba alertando de que debíamos hablar, el tiempo tampoco me dejó hacerlo, y para ser sincero, escaseaban las ganas.
Dime, ¿de qué se trata esta vez? ¿Quizá del sueldo tan poco remunerado de mi jefe? ¿O bien de la morena de 1’70 que ha pasado esta tarde al lado mío? Tranquila, no me voy a engañar otra vez, sé perfectamente que no era ella.
No me des la paliza, es inevitable que la eche de menos. Lo que me recuerda que, hoy no he marcado el círculo rojo rodeando el día actual. No me preguntes, no sé cuando voy a dejar de hacerlo así que no podré contestarte, solo es una rutina más de la que me cuesta desprenderme, dame tiempo.
Meto la cabeza del todo, y me sumerjo en algo parecido, resalto, parecido, al calor de sus brazos en invierno.
La lluvia sigue sonando ahí fuera, no cesa de chocar contra el cristal de mi ventana, y me empeño en ignorarla. Será lo mejor, ya que, en noches como esta, con ese ruido incesante que traspasa mis oídos, y el agua interviniendo en la comisura de mis labios, suelo pensar en aquel día en que la tuve.

Vaya si la tenía… Aún recuerdo el dibujo de sus piernas en mi cintura, y el choque no tan descomunal que le hice dar contra el cristal de la parada del autobús. No sé cuánto tiempo pasé besándola, ni siquiera me di cuenta de que dejó de llover. La espuma del gel no se puede ni comparar al sabor de sus labios esa noche.
Nunca he probado las gotas de lluvia, más si son saladas como el mar, ella sería capaz de transformarlas en dulces, estoy seguro.
Vaya, tenía que sonar la cafetera justo ahora que venía a la parte que más me gustaba. Ni si quiera sé para que la he puesto, en fin, como si no hubiera oído nada.
Espera mente, no me interrumpas ahora por favor. Por dónde iba… Ah si, por ella.
Solo recuerdo la parte en que desperté, y faltaba un lugar que ocupar en el hueco de mis brazos. Ella se fue, y nunca volvió.
Ha pasado ya un año y medio exacto. He podido derramar lágrimas hasta llenar botijos como si de goteras se tratara. No he vuelto a leer un libro desde entonces, solo ojeo la última página del que, sigue en mi mesilla con su nombre escrito y el mío trazado a lápiz, supongo que esperando a ser borrado de toda cercanía con ella, o todo lugar que cause semejanza o nos relacione. He visto cientos de películas de amores imposibles, posibles, de distancias y de casas contiguas. Ahora las encuentro absurdas. He vivido en mis carnes el propio distanciamiento, el que es merecedor de ese nombre. Un actor nunca podrá reflejar de verdad qué se siente cuando pierdes a lo que le da sentido a lo que te rodea. Cuando te levantas por un ligero movimiento de pestañas, o por una mueca que induce a sonrisa. Cuando el tacto de tus propias manos se vuelve rígido por no encontrar el suyo cuando lo buscas. O finges tener insomnio y la verdad es que buscas mirarla toda la noche.

Todavía oigo la lluvia, pero esta vez es distinta, son las lágrimas que chocan contra las gotas de un grifo que hace 20 minutos cerré.
Cuando salga de aquí, solo me espera un café quemado que irá a la basura, un despertador en desuso que espera que muevan sus manecillas una vez más. Y la sombra de lo que una vez fue, y finalmente no pudo ser.
Me pongo el albornoz, dejo que el tapón se encargue de mezclar el mejunje formado por algo que ni el cristal empañado es capaz de reflejar.
Lo limpio con la mano, trazando su nombre una vez más como si eso me permitiera salvar lo que todavía me queda.
Permanezco ahí, quieto, 10 minutos mirándolo hasta que finalmente, se va, igual que lo hizo ella.
Es entonces cuando el espejo actúa mejor que en el resto del día y, ahora sí, refleja tan bien el rastro de mi recuerdo.
Comienzo a andar, cojo la taza y adiós al café. No sé cuántas cosas se juntarán hoy por el desagüe, quizá mi esperanza ande por ahí también.
Muevo el reloj para que suene el tic tac de un tiempo que para mí sigue tan quieto como la vez anterior.
Arrastro las sábanas, con cuidado para que no se borren sus huellas. De mi piel ya lo hicieron, el tiempo olvida y no perdona, no espera, la aguja simplemente avanza. Y por mi piel ha avanzado quizá demasiado rápido.
Cierro los ojos, me tapo con sutileza, despacio, y termino este día como otro más, preguntándome por qué mi pensamiento decidió hoy darme una llamada de atención y comunicarse conmigo… Quizás para que no olvide, pero se queda en eso, en un quizás, un tal vez… Un, “el tiempo dirá”…No tiene boca para hablar pero sabe hacerlo demasiado bien. Y tú, recuerdo, qué me dices, ¿estás de acuerdo? Lo suponía… Gracias una noche más, por este silencio tan mago que no necesita más…


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