A todas esas personas trasnochadoras, cuyas mentes han empleado todos sus esfuerzos para mantenerlas despiertas hasta que sus ojos decidan caer derrotados.
A todo aquel que haya desafiado el horario establecido solo por esperar a algo o alguien que quizá no aparezca.
A los que el día les parece demasiado corto y la noche se alarga hasta el último instante.
A los que un sonido ensordecedor los mantiene con la almohada arremetiendo contra sus oídos.
A los que sueñan despiertos por no querer soñar dormidos.
Y a los que quieren soñar dormidos pero solo pueden estar despiertos.
A los que esperan que una llave gire en la cerradura y tintinee al moverla.
Al que se quedó 2 horas más por terminar de ver aquella película que parecía interesante.
A los que beben y no recuerdan cuándo es de día.
A los que se van a escondidas y cierran despacio sus puertas.
A los que la música les ha llevado a otro lugar y pierden la noción del tiempo.
Al que ha tomado una taza de café de más; o confundió el té rojo con el negro.
Al que no quiere dormir porque está deseando el día para cumplir ese acontecimiento importante.
Al que sonríe entre sábanas y se le colorean las mejillas pensando en él, en ella.
Al que habla por teléfono y el saldo parece esfumarse menos rápido que el tiempo.
O simplemente a aquel que busca cobijo en la noche como refugio para no pensar, para estallar, para reír, para llorar.
Para gritar, para desaparecer, para desesperar, para esperanzar, para recordar, para echar de menos, para desear, para proponer, para atrever, para crecer, para volver atrás, para observar, para pelear, para soñar.
A todas y cada una de esas almas, algo importante hay que hacer llegar.
Y es que el mañana siempre llega, y con nosotros morirá.