jueves, 2 de febrero de 2012

El guerrero de los gritos callados.

Aún no había terminado de limpiar la sangre de su espada cuando ella entró por la puerta.

No se molestó en guardar el arma, hizo un gesto audaz, casi imposible de percibir para el ojo humano, y escondió el pañuelo tras de sí.

La miró, perdiéndose en aquellos dos ojos que fingían ser cristal.

Había estado llorando. Se había molestado en disimularlo pero no lo terminó de conseguir; él se conocía demasiado bien aquella piel como para saber que esas ojeras estaban fuera de lugar.

Guardó silencio aparentando total serenidad, girando el rostro antes de que ella se percatara de su rabia.

Permanecieron así, un instante, dos, hasta tres quizá.

Y fue entonces cuando decidió levantarse del suelo, quedándose a la misma altura que el largo de su melena.

Cogió la camisa blanca, rasgada del último ser que osó desafiarle y vaticinando su destino, perdió.

La pasó entre sus brazos y se la puso de manera que tapara las vendas de su pecho, al mismo tiempo que con la otra mano recogía su armadura de las sábanas de la cama.

Empezaba a desgastarse igual que lo hacía su amada, aún permaneciendo de pie esperando mediar alguna palabra.

Le sacó brillo con los nudillos, dejando ver ese tono cobrizo que una vez fue rubí.

Ya a penas le resultaba pesado sostenerla en sus manos, puede que hubiera perdido peso, o por el contrario, que fuera él quien se había fortalecido.

Solo cuando terminó de encajarla entre la curva acentuada de su cintura, se permitió lanzar un suspiro y observarla una vez más.

“Tan solo espera un poco más, por favor. Solo un poco más…”

Tornó seriedad en su mirada y precipitando sus pies hacia la entrada, dejó que sus dedos se acercaran a ella, acariciando su mejilla los segundos suficientes como para que se llenaran de color.

Los guantes de acero estaban pétreos, helados, pero en su corazón cabía esperar una diferente sensación.

Aceleró el paso una vez concluyó y sin dejar escapar la impasibilidad de su figura, cerró la puerta en un golpe veloz.

Solo entonces ella cayó.

Sus rodillas chocaron contra el suelo, pero a penas notó dolor.

Sus lágrimas resbalaron por sus mejillas, las mismas que segundos antes él había acariciado.

Y dejando escapar su alma entre los recónditos rincones de sus labios, faltos de besos, rogantes de amor, se abandonó a la noche murmurando un adiós.

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